Son muchos y muy variados, amplios y pequeños, densos y ralos. No nos percatamos de su existencia porque siempre están ahí, sin embargo, tienden a fragmentarse e incluso desaparecer. Según la FAO en la actualidad se pierden 14.2 millones de ha anuales y que la regeneración natural y las plantaciones, particularmente en el continente asiático no compensan dicha pérdida. Los bosques tropicales son los que presentan las tasas más altas de deforestación
En la deforestación y degradación de los recursos de los bosques no se pierden sólo árboles, disminuyen y, en algunos casos (que desgraciadamente no son pocos), se extinguen gran cantidad de especies de flora y fauna que, seguramente, ni hemos conocido. Además, dejamos de recibir prestaciones de carácter ecológico, social, económico y cultural que los bosques sanos nos proporcionarían en su plenitud.
Las transformaciones en el uso del suelo y la tala clandestina representan sólo un par de causas directas de las pérdidas mencionadas, en las actividades cotidianas en el hogar, la escuela, el trabajo, los restaurantes, etc., podemos encontrar conductas que inciden de forma directa e indirecta en la condición de los bosques. ¿Por qué no nos preguntamos diariamente si nuestras actividades dañan los bosques?, simple y llanamente porque no hemos concebido en su justa dimensión la importancia de éstos en nuestro futuro, al que siempre le queremos asignar el adjetivo de sustentable.
Cambiar nuestros hábitos y actividades cotidianas de forma espontanea y a 180 grados se presenta difícil, pero resulta necesario iniciar desde este momento. El cambio paulatino tiene que ser acelerado, no nos podemos dar el lujo, como lo hace la industria automotriz en sus transición hacia la generación de autos eléctricos, de tomarnos cuatro décadas. Los llamados, podríamos decir los gritos de desesperación de la tierra, ahí están: alteración de los ciclos climáticos, calentamiento global, pérdida de bio-diversidad, contaminación por lixiviados, etc., y lo que es peor, estamos atentando contra nuestra propia vida y hablando de desarrollo sustentable, contra la vida de nuestros hijos y nietos.
Pensemos en los bosques como algo indispensable para nuestro proceso civilizatorio, ubiquémonos como parte de un sistema y no como agentes apartados, ajenos a ellos. Los bosques somos nosotros, de ellos recibimos agua, alimentación, refugio, inspiración y, en términos generales, vida.