México sólo después de Papúa Nueva Guinea es el segundo país a nivel mundial que proporcionalmente posee mayor propiedad forestal colectiva. Ello ha convertido a nuestro país en la vanguardia de la administración forestal por comunidades, generando una estructura social con una dinámica productiva vinculada a un recurso de propiedad común, ubicada a nivel macro en un modelo de desarrollo capitalista cuyo eje es la propiedad privada, basamento fundamantal del libre mercado y lógica del sistema capitalista.
Los tratados de libre comercio, la rigurosa competitividad, el fenómeno migratorio, el deterioro social, entre otras cosas; han puesto al manejo forestal comunitario en un profundo y laberíntico dilema. A saber, adaptan y orientan sus instituciones comunitarias a un esquema de mayor profesionalización administrativa en la empresa forestal comunitaria o los factores exógenos e internos reorientarán a la población a dinámicas económicas ajenas a la silvicultura comunitaria con un impacto mayor en los ecosistemas forestales.
El Balcón, San Juan Nuevo, Noh Bec, Tres Garantías, Calpulalpan de Méndez y otras comunidades y ejidos forestales con reconocimiento nacional e internacional por sus planes de manejo forestales y sus logros sociales, se convertíran en un referente obligatorio en los estudios de desarrollo local y territorial de que en México se contó con un modelo de desarrollo capaz de salvaguardar los recursos naturales e impulsar el crecimiento económico y social de grupos humanos marginados.
De que el manejo y las empresas forestales comunitarias no se conviertan en una anécdota de que las estructuras sociales se adaptan a su entorno en un esquema de sustentabilidad y que en México se contó con esa experiencia y los conocimiento técnicos, administrativos y políticos para concretar la empresa, depende de un ejercicio de autocrítica, de un replanteamiento de lo agrario, de lo rural y de lo territorial, en el vivir cotidiano de nuestra organización social. La abstracción académica y de la conducción política debe tener referentes territoriales, es decir, la bidireccionalidad en la formulación conceptual del desarrollo debe partir de un mutuo reconocimiento de la realidad diaria, arraigada y, en ocasiones contradictoria, de lo rural mexicano. Que la diversidad cultural y ecológica sea nuestro motor y que las desigualdad e inequidad no tengan cabida en el futuro inmediato de México.
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